7 años han pasado desde mi primer Ironman, espero que no pasen tantos para el próximo, pero también tengo claro que el año que viene estoy en barbecho.
La carrera es dura, más dura de lo que recordaba, pero lo realmente difícil es prepararla y entrenarla. No son solo los madrugones, las sesiones duras, los días de lluvia, frío o calor, sino la dedicación constante durante más de seis meses: organizar entrenamientos, cuidar la alimentación, evitar lesiones o recaídas —en mi caso, crisis por Covid—, y compaginarlo todo con trabajo, familia, niños y viajes a Madrid.
No tengo entrenador, ni nutricionista ni psicólogo, ni me gasto una fortuna en material (hay que ratillear que la manta no llega a todas partes 😜) pero eso sí, tengo las mejores fisios, gracias Marta y, especialmente, María por vuestros consejos y cuidados, amigos como Edu con los que consultar mis entrenos y mis dudas, hermanas que son Campeonas del Mundo que me orientan sobre alimentación y compañeros de trabajo (y amigo) como David a los que contarle tu día a día y cómo te sientes en los entrenamientos y... también que me gusta mucho leer y escuchar podcasts de los que aprender como el fantástico podcast de Rubén Espinosa @hijosdelaresistencia_oficial
Prólogo: El porqué de esta carrera
Ha sido un largo camino, sobre todo estos últimos 4 años, para poder decir por fin y aunque seguro que volverán a aparecer, que he superado las secuelas del Covid. Hace poco tuve una consulta con un médico por este tema y me dijo que gracias al deporte, la intensidad de mis crisis habían ido disminuyendo, pero me ha costado mucho esfuerzo superarlo.
Esta es quizás la razón por la que hago este deporte y esta distancia en particular, el afán de superación. Yo no soy ni alto, ni fuerte, ni rápido, ni potente pero se trata de demostrarte a ti mismo que cualquiera que se plantee un reto por muy difícil que sea lo puede conseguir con constancia, dedicación, trabajo y esfuerzo.
Esta vez tocó Austria, no está al lado pero más cerca que Nueva Zelanda 😀
Ya le tenía echado el ojo hacía mucho tiempo, nadar en un lago, paisajes bonitos, bici exigente, carrera llana y muchas oportunidades de que te puedan ver en el circuito aunque de esto ya os hablaré luego.
La Previa: el viaje y los prolegómenos
Por si un Ironman de por sí fuera poca aventura, decidimos que estaría bien vivir la aventura camper e irnos en autocaravana a Austria. Esto da para otro post (o para unos cuantos), pero resumiendo, la primera parte del viaje hasta llegar a Klagenfurt fue a piñón: unos 2.500 kilómetros en dos días y medio. Una paliza, pero cuanto antes llegáramos, más tiempo tendríamos para descansar.
Mucha gente me ha preguntado: “¿Y esa semana, qué pasa, no entrenas?” Y yo siempre les digo que lo que no hayas hecho hasta ese momento, ya no te vale para nada.
Llegamos el jueves por la noche, cansados y casi sin gasolina en la caravana, pero contentos de poder pasar la noche en nuestro camping, que teníamos fijado como campamento base. ¡Y qué camping! Todo verde, su césped, sus arbolitos, su biergarten, acceso privado al lago, zona de juegos para los niños, las mansiones rodantes… nivel pro de caravaning. Me pasaba como en el triatlón, que miras a los lados y ves a los bicharracos y piensas: “¿Tú dónde vas, piltrafilla?” 😂 Pero bueno, al final no solo hay que parecerlo, hay que demostrarlo, y creo que no nos hemos organizado mal.
El viernes era día de registro de Marina para el IRONKIDS y mío, porque Marina también tuvo su competición. Impresionante lo que disfrutó y lo bien que se lo pasó, diciendo que iba a nadar en el mismo lago que su papi.
Eso sí, cuando llegamos serían como la 1 de la tarde y hacía una buena jalufa, unos 30 grados sumados a la humedad. No quise ni ver ninguna tienda, solo registrarnos y salir de allí cuanto antes; ya habría tiempo para ver las cosas con calma cuando terminara la prueba.
El sábado era la competición de Marina a las 2. Uff, más jalufa, pero mereció la pena. Qué bien organizado, cuánto disfrutó Marina y cómo te emocionas cuando ves a tu hija así. Ella terminó y tenía el subidón de adrenalina, decía que era su día y que podía hacer todas las cosas que quisiera 😩.
Yo tenía que hacer el check-in, así que las dejé a las 2 y me fui a la caravana a recoger la bici y el resto de cosas. Estaba tranquilo. La verdad es que no pasé muchos nervios previos a la carrera, pero tampoco tenía el subidón de mi primer Ironman. Aunque siempre es especial el día, y sobre todo las horas previas. Son momentos que se te quedan para siempre y me encanta vivir el ambiente y hablar con la gente. Son personas que ni conoces y quizás no vuelvas a ver en la vida, pero te une ese mismo sentimiento de emoción, de alegría, de estar en el sitio donde has deseado estar durante tantos meses y años. Hasta conocí a un chico de Guatemala, pero qué voy a decir yo si me fui a Nueva Zelanda a hacer un Ironman.
Y también conocí a Patrik. Por la tarde moví la caravana y la dejé en un parking al lado de los boxes. Al rato llegó él con su caravana y la aparcó al lado. Me puse a hablar con él y resultó que era un chico polaco que había vivido en España muchos años con su padre y sabía hablar perfectamente español. Venía con su padre y un amigo, y nos pusimos a charlar y contarnos nuestras experiencias.
El gran día había llegado. Antes de las 6 tenía que dejar las botas puestas en la bici, la alimentación que iba a llevar y la bolsa de “personal needs”. No las había utilizado hasta ahora, pero esta vez lo iba a necesitar.
En algún momento de mis entrenamientos —son muchas horas solo, y da para pensar en muchas cosas— pensé que quería tener un recuerdo para mi hermano y para Mario. Aunque creo que el mejor homenaje que se les puede hacer ya se lo hicimos todos: cuidándoles y disfrutando de ellos cuando estaban con nosotros.
Me apetecía compartir con ellos también un momento importante para mí y que estuvieran conmigo cuando entrara en meta, como lo habéis estado el resto. Pensé que hacer una camiseta podía ser una forma bonita de recordarlos. Gracias a Maca por su complicidad y ayuda, como siempre, con la intendencia.
Contacté con la organización para ver si alguien me podía entregar la camiseta antes de entrar en meta, pero me dijeron que no era posible, que se consideraba ayuda externa y, como tal, motivo de descalificación. Pero me dieron una alternativa: dejar la camiseta en la bolsa de “personal needs” y cogerla en la última vuelta, cuando quedaran 10 kilómetros. Bueno, me iba a tocar correr con ella 10k, pero al menos tenía una opción.
Natación: el arranque sereno
Ya estaba en la línea de salida. ¡Ambientazo! 2.200 personas, más los acompañantes, curiosos y gente de la organización. Un DJ animando y poniendo música. Sonó Caroline y algún otro temazo que ahora no recuerdo, y la gente iba al ritmo, aplaudiendo.
La salida era tipo rolling start: te colocas en una zona según el tiempo que piensas hacer, y van dando la salida de 4 en 4 personas. A partir de ahí, empieza el IRONMAN.
La natación la quería hacer tranquila, sin forzar, disfrutando y de menos a más. Es curioso porque es el sector donde he hecho mejor puesto, pero siento que ha sido el que peor me ha salido. Bueno, esperaba haber hecho 3 o 4 minutos menos, pero fui muy tranquilo el primer kilómetro. En el segundo me encontré con mucha gente y adelantaba constantemente; quizás eso me hizo perder algo de tiempo. En el tercer kilómetro apreté un poco más, pero ya un poco antes de entrar en el último kilómetro, donde te metías en el río, una especie de canal estrecho, había mucho “tráfico”, poco espacio y era difícil adelantar. Quizás debería haberme metido en la wave de los que bajaban de la hora y no me habría encontrado tanta gente, pero claro… los lunes todos acertamos el equipo de la Antiliga.
Eso sí, hice el puesto 24 de 250, que está genial, y disfruté muchísimo. Imágenes imborrables como ver el globo aerostático sobrevolando el lago, ese agua azul turquesa y una multitud de gente nadando. Y poder vivir in situ esa mítica foto del puente lleno de gente animando a ambos lados del canal.
La primera parte del Ironman estaba hecha. Para muchos, un trámite porque es donde menos diferencias se marcan; para otros, la parte más complicada porque no nadan bien. Y para mí, aunque la respeto mucho, la parte en la que mejor me desenvuelvo.
Salí del agua ayudado por los voluntarios porque, después de más de una hora en posición horizontal, sales mareado y tambaleándote cuando te incorporas.
Tocaba coger la bolsa de la transición y empezar la parte más dura para mí.
Ciclismo: 180 km de paisajes y concentración.
Esta vez no se me iba a caer el plátano en la transición como en Nueva Zelanda. Lo llevaba en la bolsa de la transición, donde dejas las cosas que usas en el agua (neopreno, gorro, gafas...) y recoges las que necesitas para la bici (casco, gafas...). Me lo metería detrás, en el bolsillo del mono. Eso provocó uno de los dos sustos durante la bici: llevaría unos 10 minutos pedaleando cuando oigo “plato va a caer”. Me pongo a mirar como un loco el plato, el cambio, la bici... pero nada. Miro hacia atrás y veo a un amigo portugués que me repite, y entonces entiendo: “plátano va a caer”. ¡Ufff! Le digo: “Tranquilo, que va bien ahí”.
El segundo susto fue en un avituallamiento. Una chica que iba por delante y a la izquierda no me vio y se echó hacia la derecha para coger algo del avituallamiento. Entre ella y un voluntario que se acercaba, casi me hacen un emparedado. Me salió un grito en español: “¡Cuidado!”, que entendieron perfectamente sin necesidad de traducción.
Durante la bici tuve otra de esas imágenes que se quedan grabadas para toda la vida: ir rodando y ver el circuito de natación desde lo alto de la carretera, con toda la gente que aún nadaba.
El circuito era espectacular: montañas y bosques, todo verde, un día claro con el cielo completamente despejado. Y aunque sabía que había más de 1800 metros de ganancia de altitud, fue una bici más exigente de lo que esperaba. Seguro que el calor también hizo que fuera más dura.
Como siempre en bici, empezaron a pasarme por todos lados. Yo me marcaba mi ritmo, pensando en la alimentación y la hidratación, e intentando no dejarme llevar por las ganas de apretar más. Es la parte más dura, porque es difícil no desmotivarte cuando te adelanta tanta gente. Pero bueno, en cuanto había una subida, la gente ya no me adelantaba e incluso yo ganaba posiciones. En una de esas subidas, donde se forman pelotones porque es inevitable, oí una moto de los jueces que controlan el drafting que se quedó a mi lado. No lo entendía, porque no estaba haciendo nada diferente a los cinco que estaban delante y detrás. No quería ni mirarles, así que para evitar una sanción, apreté y empecé a adelantar gente. Me pegué un buen calentón, pero al menos evité la sanción y la moto siguió adelante.
Poco después de esa subida me encontré con Patrik y coincidí con Marc, un español que había hecho Lanzarote y tenía pensado hacer Vitoria en un mes y pico. ¡Qué animal!
Charlamos un rato. No sé si a todo el mundo le pasa en los Ironman, pero yo siempre hago amigos durante la bici. Me encanta charlar cuando se puede y no hay motos cerca que te puedan sancionar 😅.
La primera vuelta de bici terminó un poco más lenta de lo que esperaba, pero aun así, si mantenía el ritmo, le quitaría unos 12 minutos a las 6 horas, lo que seguía siendo un muy buen tiempo. Pero ya notaba que no estaba fino. El calor apretaba, y eso que eran solo las 11. La barriga no iba mal, pero no iba fino. Me preocupaba más la hidratación, porque el pronóstico daba 32/33 grados para la carrera a pie, y eso sumado a la humedad…
También empezaba a estar incómodo porque tenía ganas de hacer pis. No sabía si aguantaría otra vuelta y aprovecharía al llegar a la transición. Siempre da rabia parar y perder un par de minutos, pero en uno de los avituallamientos vi los baños y decidí parar. Creo que fueron los dos minutos mejor invertidos… ¡Qué a gusto te quedas!
Intentaba concentrarme, recordando todo lo que me había costado llegar hasta ahí: madrugones, sesiones duras de entrenamiento… Intentaba disfrutar de lo que estaba haciendo, contemplar las montañas y el paisaje. Soy afortunado por poder hacer esto; no siempre se tiene la oportunidad de competir a 3000 km de casa. Me repetía una y otra vez unas palabras que me dijo Pachi el día antes: “los güevos pegados al culo”. Todavía no sé qué significa realmente 😀, pero para mí era un “aprieta el culo, saca fuerzas de donde sea y da todo lo que tengas”. Era mi mantra para volver al presente y estar en el “aquí y ahora”.
Seguía mirando el reloj para controlar el tiempo y la alimentación. Aunque no tomaba todas las barritas y gominolas que llevaba, las sustituía por plátanos de los avituallamientos y frutos secos que llevaba en una bolsita. Mantenía el estómago a raya sin sentirlo pesado.
Cada vez que pasaba por un avituallamiento, cogía dos botellas: una de agua para refrescarme —me echaba agua por la cabeza, el cuerpo y las piernas porque el calor ya pegaba—, y otra de isotónico para beber.
Pero se me estaba atragantando un poco el final. La subida, aunque me pareció mucho más dura que la primera vez, la hice bien. Pocos me adelantaron y adelanté a muchos que luego me volverían a adelantar. Ya en los últimos 30 km me dolía la espalda de ir acoplado en la misma posición durante 5 horas, y lo que en la primera vuelta parecía terreno cómodo, se había convertido en una de estas carretera donde por mucho que avances no ves el final. Marc me alcanzó y le dije: “No sé si bajaremos de las 6 horas”.
Maratón: incógnita y superación
Me bajé a correr y esperé a ver sensaciones. Si os soy sincero, ni recuerdo la primera parte del circuito. Solo intentaba respirar, estar concentrado y mirar el reloj para ver el ritmo que marcaba. Iba bien, tan bien que tenía que frenarme para no ir a un ritmo que solo aguantaría 2 o 3 km. Buena señal que tengas que aminorar y parezca que vas lento. Me tomé el gel que había cogido de la transición, que resultó ser el último que me tomé. Hice la maratón sin geles, ni barritas, ni gominolas. Solo cosas naturales (como Rocky en Rocky IV, cuando se va a enfrentar a Ivan Drago y se entrena en la Naturaleza): sandía, naranja, isotónico, agua con sal, agua sin sal, hielo y mucha, mucha agua por encima. 💪💪
El primer recuerdo que tengo es salir del parque y ver el lago azul. Las dos de la tarde, 32 grados y un cielo azul raso… lo que más me apetecía era tirarme al lago de cabeza. 🔥🔥
También necesitaba ya una de las estaciones de avituallamiento, para refrescarme e hidratarme.
Las estaciones eran varias mesas de estas como las que utilizamos en las fiestas, divididas en varios sectores. Lo primero que te encontrabas antes de las mesas eran barreños de agua para que metieras la gorra o directamente la cabeza y te refrescaras. Me pregunto si alguien se metería entero en el barreño; no me hubiera extrañado. 😂😂
Después venía el sector del agua, donde directamente cogía 4 o 5 vasos y me los echaba por el resto del cuerpo: cara, piernas, gemelos... Luego el sector del hielo, con vasos con hielo que cogía también y me metía por dentro del mono y en los calcetines. Luego la parte de geles, que directamente pasaba. Isotónico, que siempre cogía algún vaso para mantenerme hidratado. Luego la fruta, de la que tiré en todas las estaciones. Normalmente cogía dos o tres pedazos de naranja y sandía. Algunos me los comía, y otros me los llevaba para ir comiendo poco a poco. Y por último, la zona del agua con sal, que alguna vez alternaba con el isotónico. Y otra vez alterné, sin darme cuenta, con el agua que me echaba por encima… y claro, me empezaron a escocer los ojos. Pero al menos iba fresquito.
Cada estación de estas te daba la vida. Había 11 en cada vuelta y gracias a eso, yo creo que no ha muerto nadie —lo digo en serio—. Si esta prueba está organizada por otra franquicia, alguno se lleva un susto. Son caras las pruebas, pero al menos en las dos en las que yo he competido, la organización ha sido perfecta. De hecho, el próximo Ironman que haga será de la franquicia.
Fueron pasando los kilómetros y me sentía bien, mi ritmo era muy bueno, y lo mejor era que las sensaciones seguían siendo de estar fuerte… ufff, era un alivio ver que tenía fuerzas para mantener el ritmo. El público era también increíble, muchísima gente animando, gente con música, altavoces, mangueras desde sus casas para refrescarte. No sabéis cuánta energía te da que te digan tu nombre y te animen.💯💯
Esos momentos y los de las estaciones hacían más llevadera la carrera, y como me pasó en la bici, otra vez no veía a Eva y Marina. La verdad es que el circuito era un poco lioso, con muchos cambios de sentido, y yo hasta la segunda vuelta estaba totalmente desubicado de por dónde iba. No me extraña que ella también se hiciera un lío, y entre eso y el tracker de la aplicación, que no iba muy fino, no pudiera seguirme y verme tantas veces como le hubiera gustado —a ella y a mí—.
Había pasado una vez por la zona donde se recogían las bolsas de “personal needs”. En teoría tenía que pasar por el mismo sitio en sentido contrario, pero no sé qué me pasaría que no me di cuenta de pasar por ahí. Así que en la segunda vuelta no me quise arriesgar a despistarme y que me pasara lo mismo, y cogí ya la camiseta. Iban a ser 20 km con ella, llevándola de alguna manera. Ya sabía que en el bolsillo trasero del mono no me cabía muy bien y me molestaría. De hecho, me la puse un rato por probar y se me cayó. Así que volví al plan inicial, que era colgármela del portadorsal. No era muy cómodo, pero bueno, tampoco puedo decir que me molestara mucho.
Solo quedaban 20 km y, para mí, la parte en la que hay que estar más atentos. Si desfalleces aquí, te puedes dar por muerto, porque todavía te queda la mitad de la carrera. Así que seguí respirando, concentrándome y manteniendo las buenas sensaciones. Pero ya, poco a poco, el ritmo iba bajando y, sobre todo, te permitías un pequeño descanso en las estaciones.
Eso sí, había perdido la cuenta de la gente que había adelantado ya. Mucha gente andando. Cuando adelantaba a alguno que llevaba solo una vuelta, pensaba: “Pfff, y a este le quedan todavía 30 km…”
Antes de meternos en el centro de Klagenfurt, en una recta larga, miré y había una fila de cadáveres andantes. ¡Ni en La Isla he visto a tanta gente andar! 😅
Hablando del centro de Klagenfurt, es de las pocas cosas que me deja mal sabor de boca. Con lo bonito que es y lo poco ambientado que estaba… y eso que, en una de las plazas, habían puesto un escenario con música en directo. Me faltaba ese Taru animando. 😝
Eso fue lo que hice. Solo quedaba la cuenta atrás: 10, 9, 8… Ya no me importaba la marca que hiciera, solo quería que fueran pasando los km. Aun así, no me notaba mal de respiración, ni fatigado, pero el dolor en las patas sí, eso sí. (Nota mental: más gimnasio todavía para la próxima vez). Y aun así, en un momento dado calculé y dije: “¡Joder, si voy a estar en torno a las 4 horas!” Ufff… hasta ese momento no me di cuenta de lo bien que estaba compitiendo en un día que quizás mi cuerpo no había estado “súper”.
Meta y homenaje
Ya llegando al km 38 sabía que estaba hecho. Siempre lo digo: al final se me hace corto. No digo que no haya sufrido, pero intento no pensar en lo que me queda, sino en lo que estoy haciendo, y que nunca volveré a hacer en la vida. Por ejemplo, nadar en ese lago precioso, o poder disfrutar de una salida en bici por esas carreteras de montaña y esos paisajes, con toda esa gente animándote. O correr por una ciudad entera para ti y que la gente se vuelque contigo como si te conocieran de toda la vida… y cuando te quieres dar cuenta, estás en la recta final, y eres consciente de que vas a terminar, y te emocionas y se te empiezan a saltar las lágrimas.
Era el momento que había visto en mi cabeza muchas veces pero a diferencia de otras cosas en mi vida no tenia una idea de como lo iba a celebrar, quería que fuera espontáneo, cogí la camiseta que había llevado conmigo durante 20 km, y la levanté, y conforme la levantaba se produjo una explosión de adrenalina, 11 horas, mucha gente y muchos momentos pasaron en un segundo por mi cabeza, había conseguido superar otro reto y la levanté por un lado y por el otro mostrándola al publico, y la gente aplaudía y jaleaban como si hubieran conocido a Mario y a Jose Carlos de toda la vida, convirtiéndose en parte de ese bonito recuerdo que tenia para ellos, y ya en la última curva me encontré con Eva y Marina, pensé que nunca podría superar la emoción de mi entrada en Nueva Zelanda, pero ese abrazo con Eva y con Marina en ese momento ufff difícil explicar la explosion de emociones y sentimientos.
No sé si está bonito que yo lo diga, pero me siento muy orgulloso de lo que he conseguido. Cualquiera que termine un Ironman puede estarlo. Y seguro que hay gente que lo ha hecho mejor que yo; yo lo estoy de la carrera que hice, de superar esos momentos de flaqueza en bici y ser fuerte de cabeza para correr una maratón en 4 horas en esas condiciones, del puesto que hice, y de haber podido
superar las secuelas del COVID. Me siento orgulloso de todos vosotros que me habéis estado siguiendo y preguntando todo este tiempo, de la familia que ha estado apoyándome y con los que he podido compartir esta superaventura —especialmente Eva y Marina— y, por supuesto, de haber entrado en la meta acompañado de mi hermano y Mario, que era otro hermano.